La muerte y el diablo siempre están al acecho: El muy católico cuerpo (de obras) de Lisette Chavez

by Ruben Cordova January 5, 2022

Editor’s note: This article is also published in English on Glasstire. Find that here.

Traducción de Yolanda Fauvet y Paulina H. Marroquín.

Lisette Chavez descubre uno de sus dibujos en la instalación Cafeteria Catholic [Católica de cafetería], 2017, en el Guadalupe Cultural Arts Center, San Antonio. Fotografía cortesía de Ruben C. Cordova. Esta instalación estuvo inspirada en un acto real de encubrimiento: en el 2010, la madre de Chavez cubrió con toallas las litografías de calaveras y cabezas de demonios que su hija había hecho porque las imágenes la asustaban.

“Mentí en mi primera confesión”, confesó Lisette Chavez, una artista gráfica y de instalaciones oriunda de San Antonio. Estaba mortificada por la gravedad de participar en este importantísimo ritual. La confesión es un sacramento en sí mismo, así como el preludio necesario para el supremo sacramento de la comunión en el que la niña pequeña comería, por primera vez, el cuerpo y la sangre transustanciados de Jesucristo. Chavez había postergado su confesión hasta el último momento antes de su tan esperada primera comunión y tuvo que ser empujada literalmente al confesionario por su devota madre, quien para entonces estaba muy impaciente.

“Todavía me siento culpable por eso”, agregó la artista. Me pregunté por qué Chavez había alterado sus pecados. ¿Un diablito en su interior la tentó para que violara la santidad del ritual y se perjurara ante el representante de Dios en la Tierra? ¿El pequeño demonio la hizo comprobar si Dios y sus secuaces eran efectivamente tan omniscientes como le hicieron pensar?

Lisette Chavez, detalle de un texto enmarcado de Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, Provenance Gallery, San Antonio. Fotografía de Alma Hernández. El texto: “Mentí en mi primera confesión”.

La explicación que me dio fue muy diferente a la que había imaginado:

“Estaba muy avergonzada de decirle al sacerdote mis pecados reales así que inventé algunos pecados ‘ligeros’. No había podido dormir durante las semanas previas a esa fecha porque seguía preguntándome cuál pecado era peor o cuál merecería un castigo más grande. Sobre todo, pensaba en lo mucho que el sacerdote se avergonzaría de mí. En su lugar opté por un pecado más ‘chiqui’. Creo que dije que no había limpiado mi cuarto, que le contesté feo a mi madre y había otra cosa que no puedo recordar. También era demasiado joven para saberlo, pero tuve un ataque de pánico durante mi confesión. De alguna manera recordé el rezo que tenía que decirle al sacerdote, pero no podía detener el sonido de las palpitaciones de mi corazón. Sufro ataques de pánico y este fue el primero; comienzan con palpitaciones en mis oídos, después tengo una sensación de asfixia en mi cuello y literalmente no puedo hablar. Estaba aterrorizada y me alegré cuando terminó esa confesión”.

En cualquier caso, su confesor impuso un castigo bastante estándar de tres avemarías y dos padrenuestros (sin duda una sentencia más ligera de la que Chavez merecía) que ella recitó obedientemente para expiar sus pecados encubiertos. Pero, en estas circunstancias, ¿merecía el sacramento de la comunión o la ira de Dios? Esta traumática experiencia inspiró la instalación más importante y reveladora de Chavez hasta la fecha, titulada Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], que se discutirá con más detalle a continuación.

Lisette Chavez con la instalación Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, Provenance Gallery, San Antonio. Fotografía cortesía de Ruben C. Cordova.

Hasta el día de hoy, Lisette Chavez está en una cuerda floja entre el escepticismo y el asombro, suspendida entre los abismos de la fe y la incredulidad. No está dispuesta a dar el salto de escepticismo que potencialmente podría hundirla en el eterno abismo ardiente del infierno, ni posee la fe indudable que le debería ganar el Reino de los Cielos (asumiendo que todo lo que le dijo su madre es cierto).

Lisette Chavez, imágenes del fanzine Men Who Look Like Satan [Hombres que se parecen a Satanás], 2016. Fotografía cortesía de la artista.

Los hilos de la fe y la incredulidad están profundamente entretejidos en el arte de Lisette Chavez. Son la urdimbre y la trama que le dan sustancia y forma. En los detalles teológicos, así como en las historias orales familiares, Chavez gravita entre pensar “¿cómo puede ser cierto esto?” y “¿cómo puede no ser cierto esto?” sin ningún tipo de resolución. En lugar de la certeza religiosa, utiliza las formas de la fe que ha heredado para buscar la belleza en “aquellas cosas que tememos” y para abordar “aquello que no podemos explicar”.

Con una frecuencia considerable, en todos los contextos sociales imaginables, la madre de Chavez hacía una rápida señal de la cruz, pronunciaba una breve oración y le decía a Lisette: “Ese hombre se parece a Satanás”. La artista ha transmutado estas experiencias en un fanzine muy codiciado (¡yo tengo una copia!) del que proviene la ilustración anterior de tres estrellas de cine de ámbitos muy diferentes (Danny Trejo, Ron Jeremy y Clark Gable). Dada la oferta actual de hombres de apariencia satánica, se está produciendo un segundo volumen. Si estás parado en la caja listo para pagar y Chavez hace un rápido dibujo a lápiz de ti, ahora sabes por qué.

Lisette Chavez, redondel con la imagen de una niña poseída de Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, Provenance Gallery. Fotografía cortesía de la artista.

Chavez se identificó profundamente con Regan, la niña poseída en El exorcista (1973) de William Friedkin interpretada por Linda Blair. A diferencia de Regan, Chavez no puede girar su cabeza 360 grados, pero puede asentir con simpatía y decir “I Feel Ya, Gurl” [Te entiendo, amiga] en escritura gótica con incrustaciones de oro.

Chavez no se veía ni actuaba de la manera en que su familia quería y esperaba que lo hiciera. Sentía que actuaban como si estuviera poseída. Chavez relata una intervención particularmente aterradora que casi imitó un exorcismo:

“Me identifiqué con ella porque mi mamá a menudo se avergonzaba de cómo me vestía (gótica) cuando era adolescente y no entendía mis cambios de humor y actitud a esa edad. En un punto llamó a mi tío (que era predicador) y a mi tía para ‘rezar por mí’. Todos me sentaron a la mesa del comedor y pusieron sus manos sobre mi cabeza, sentí que algo andaba realmente mal conmigo, fue una experiencia vergonzosa y después de eso me dijeron que me ‘sentiría mejor’ y que ‘necesitaba rezar’. Me sentía como un bicho raro y a menudo me trataban como si estuviera poseída. A veces pongo esa película mientras desayuno y todavía veo la vergüenza en los ojos de la madre de Regan y reconozco que vi la misma mirada en mi propia familia”.

Lisette Chavez, detalle de un Jesucristo con incrustaciones de pedrería de imitación, Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, Provenance Gallery. Fotografía cortesía de la artista.

Si este Jesucristo con incrustaciones de pedrería de imitación pudiera hablar, quizá, en su corazón de corazones de plástico, diría “¡Dale SHINE!” [Ponle brillo o Échale ganas] . (Aquí puedes encontrar la explicación de Santiago García de este modismo).

He querido escribir sobre Lisette Chavez durante mucho tiempo y, con la inauguración de su exposición From the Horse’s Mouth en el Palo Alto College de San Antonio retrasada por la pandemia, estoy aprovechando la oportunidad.

Lisette nació y creció en el Valle del Río Grande, fue criada por unos padres profundamente religiosos y la muerte fue una compañera muy familiar en su infancia. Tuvo un traumático encuentro con ella cara a cara a los cuatro años cuando, en el funeral de su abuela, su madre la levantó y la obligó a mirar detenidamente el cadáver. Suspendida sobre el ataúd, “el rosario, las arrugas, los moretones, muchos de los volantes de tela en el interior del féretro y el crucifijo” se quedaron grabados en la mente joven de la futura artista. (Bryan Rindfuss, “Studio Visits: San Antonio Artist Lisette Chavez on Growing Up Catholic, Devil Babies and Men Who Look Like Satan” [Visitas a estudios: La artista de San Antonio, Lisette Chavez, habla sobre crecer dentro del catolicismo, bebés diabólicos y hombres que se parecen a Satanás], San Antonio Current, 3 de julio del 2019).

La experiencia de ver el cuerpo de su abuela también plantó inquietantes semillas de duda y confusión en la mente de la joven Chavez. Su primera reacción fue confusión e incredulidad:

“Era demasiado joven para saber sobre el infierno, pero creo que tenía un entendimiento muy pequeño del cielo. Me confundía mucho la mujer que me dijeron que era mi abuela. No se parecía a ella y yo no entendía del todo por qué mi madre le daba tanta importancia a esto. Ella simplemente no lo dejaría pasar. Intenté pararme sobre el reclinatorio, pero era demasiado bajo; fue entonces cuando mi mamá me cargó y me sostuvo sobre el cuerpo. Recuerdo que me sentí incómoda y asustada, creo que estaba empujando a mi mamá, tratando de alejarme del cadáver.”

“Mi mamá estaba hundida en la tristeza después de haber perdido a sus dos padres con la muerte de su madre. Creo que no quería que me perdiera la oportunidad de despedirme, pero yo no creía que ese cuerpo le perteneciera a mi abuela. No estoy segura de haber entendido siquiera qué era una persona muerta en ese momento”.

“Hace unos años descubrí que los terapeutas no recomiendan llevar a niños menores de 10 años a un funeral porque sus mentes no pueden comprender la muerte. Puede resultar traumatizante por esos motivos. Cuando crecí, entendí que mi mamá sólo estaba intentando ayudarme a aprovechar la oportunidad de ver a mi abuela por última vez. Como sabes, el cuerpo (especialmente el de un familiar fallecido) es muy importante para los católicos. Esta es una de las razones por las que tengo problemas con la idea de ser cremada. Simplemente la odio. Cuando mis padres hablan de la incineración de miembros de la familia u otras personas, por lo general la describen como ‘la/lo quemaron’, que suena absolutamente horrible”.

En años posteriores, Chavez no supo cómo procesar algo que su madre le había dicho en el funeral: “Nunca se volverán a ver”. La joven Chavez se preguntó: “¿Eso significa que el cielo es una mentira?” ¿Podría significar que no había ningún Padre Celestial cuidando a su familia? ¿Mamá sabía o sospechaba que su propia madre e hija no estaban ambas destinadas al paraíso? Las posibilidades eran casi demasiado horribles para contemplarlas. Muy en el fondo, temía saber la respuesta a la pregunta que no se atrevía a hacer.

En su reseña para el San Antonio Current, Bryan Rindfuss califica a la madre de Chavez como “fanática de los funerales”. La muerte y los rituales y costumbres asociados con ella estaban en el centro de sus devociones, como se puede ver en los recuerdos de duelo de Chavez:

“Ni siquiera puedo decirte a cuántos funerales había asistido para cuando cumplí 10 años”, dijo. “[Mi papá y yo] nos burlábamos de mi mamá… él decía algo como ‘Ah, tu madre es una doliente profesional’. Ella abría el periódico en la mañana y se iba directamente a los obituarios [y] decía ‘Fulano de tal murió y yo conocía a su primo. Voy a ir a ese funeral’. Y eran muy intensos, ¿sabes? Especialmente los de las familias latinas. Mucho rezo, mucho llanto. Muy dramáticos. Y a ella le encantan… Le dije: ‘Mamá, eres tan gótica’. Le decía eso en mi adolescencia. Pero ahora veo [que ella] estaba intentando estar allí para las personas durante sus momentos más oscuros… Y ahora lo veo como algo muy dulce”.

Al mismo tiempo, podemos entender esta obsesión mortuoria como algo que ayudó a la madre de Chavez a afrontar su propia mortalidad, y la de los miembros de su familia, incluyendo su madre, con quien tenía una relación extremadamente conflictuada. La madre de Chavez es la menor de 13 hermanos, sus padres eran mayores cuando la tuvieron. Chavez observa: “Básicamente vio morir a toda su familia. Ninguno de los miembros de su familia inmediata vive todavía, ya no tiene hermanos ni padres”.

Chavez también cuenta una historia que escuchó que podría tener relación con la fascinación de su madre por la muerte:

“Cuando mi mamá era una niña pequeña, ella y su hermano estaban jugando a las escondidas en una funeraria y accidentalmente abrieron la puerta de un cuarto de embalsamiento. Ella dice que vio los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer colgando de cabeza. Los estaban drenando. Ni siquiera sé qué tan cierto es esto. Pero si es cierto, entonces es probable que eso la traumara definitivamente a una edad temprana. Y probablemente esa sea la razón por la que es tan morbosa y está tan obsesionada con la muerte”.

El catolicismo está centrado en una gran lucha cósmica entre Dios y el Diablo, pero esta batalla no es una que se libra en los vastos confines del espacio, ni en los terrenos del cielo o el infierno. Se pelea en el campo de batalla de los cuerpos individuales, un alma a la vez. En el catolicismo moderno, la posición espiritual de la persona en el momento preciso de su muerte es de suma importancia. No hay un juicio final al estilo del antiguo Egipto en el que la vida entera se pone en una balanza. En su lugar, sin importar cuán ejemplar fuese la vida que llevaste, irás al infierno si mueres con un pecado mortal que no ha sido expiado por medio de un acto sincero de arrepentimiento directo hacia Dios o por cualquier confesión (aunque sea imperfecta) en la que un sacerdote te da la absolución. Los pecados mortales son innumerables. Incluyen asesinato, aborto, sexo fuera del matrimonio aprobado por la iglesia y faltar a la iglesia el domingo sin una razón convincente. Como era de esperar, estos castigos son una gran fuente de ansiedad.

Freud describe la “compulsión de repetición” como un modo de lidiar con el trauma y la pérdida. Trata el término de manera más extensa en Más allá del principio del placer (1920). Fue su explicación de por qué las personas reviven o recrean continuamente situaciones angustiosas del pasado (a menudo relaciones familiares).

Hace muchos años, cuando Chavez vivía en el Valle, una psiquiatra que vio sus obras en una feria de arte compró varias piezas. Dejó pasmada a la artista al preguntarle: “¿Qué te pasó?” La artista, que no entendía por qué su obra estaba tan centrada en la muerte, le preguntó qué quería decir. La psiquiatra respondió: “Algo debe haberte sucedido si tu obra trata tanto de la muerte. ¡Me encanta!” Chavez le contó a la alienista su experiencia en el funeral de su abuela. Ella le contestó “¡Ah, eso es! Estás tratando de recrear la sensación que se apoderó de ti cuando viste su cuerpo”. Nunca volvió a ver a la psiquiatra, pero después se enteró que cuando era niña había tenido un accidente de automóvil en el que murieron todas sus hermanas. “No es de extrañar que coleccione obras sobre la muerte”, concluye.

La reconstrucción obsesiva puede servir como un mecanismo para adueñarse o hacer frente a traumas del pasado, así como para hacer frente o prepararse para futuros traumas que podrían anticiparse o incluso temerse inconscientemente. En términos más generales, podemos ver que la repetición puede ser tranquilizadora y reconfortante en un contexto religioso ordinario como rezar el rosario y pasar las cuentas por los dedos, cosa que muchas personas hacen cuando están ansiosas o estresadas. Esto le permite al cuerpo y a la mente decir, en efecto, “hemos pasado por algo como esto antes y, a través de la oración, lo hemos sobrevivido”. En la iglesia, a Chavez todavía le resulta tranquilizador y reconfortante escuchar un coro de rezos durante la misa. Estos rezos grupales en las misas ayudaron a calmar a Chavez en el pasado, y ella piensa que le ayudarán a calmarla de nuevo en el futuro. Los rezos son similares a los depósitos en una cuenta bancaria espiritual, se acumulan para usarlos en el futuro. Los rezos son una moneda espiritual, se cuentan, son “valederos”.

Puede ser difícil romper con los patrones de comportamiento establecidos simplemente porque son familiares. Chavez le dijo a Rindfuss acerca de los modelos maternos a seguir, la repetición y los patrones de comportamiento:

“Mi madre… siempre se remonta a mi madre”, dijo. “La relación con mi madre es verdaderamente tóxica, pero también adictiva. Simplemente no puedo escapar, es horrible. Hay una especie de dinámica loca ahí. Me veo haciendo muchas de las mismas cosas que ella hace”.

Chavez enmienda y aclara esta declaración: “Creo que fue mayormente tóxica cuando yo era más joven, pero ahora nos llevamos muy bien, más que nunca. Nos reímos mucho y ella tiene un gran sentido del humor”. Agrega que la morbosidad de toda la vida de su madre resultó útil cuando Chavez enviudó el año pasado. Su madre “estuvo ahí [con ella] en cada paso del camino”. La ayudó con “algunas partes realmente difíciles de enterrar a [su] joven esposo”. Dice que su madre haría cualquier cosa por ella. Además, todavía le dice que rece y que necesita creer en Dios. “A veces lo hago y a veces no”, señala.

Chavez quería ser una hija ejemplar, pero no sabía cómo lograrlo. Cuando tenía 17 años, declaró que quería convertirse en monja. Pero su anunció no provocó la respuesta que esperaba. La artista le dijo a Rindfuss que: “Yo también fui una paria en la preparatoria. Pensé que mi madre se alegraría al escuchar que quería convertirme en monja, pero estaba muy enojada. Me dijo que estaba loca y que lo prohibía. Las señales contradictorias de mi vida hogareña eran muy confusas”.

Su arte está marinado en las lágrimas y el trauma de su crianza católica. Está lleno de extremos de amor y miedo, y también de dosis embriagadoras de una ambivalencia desafiante, a veces con temas que parecen esquizofrénicos. Se siente atraída por las formas visuales de la fe católica, especialmente por los objetos devocionales populares que todos pueden poseer y por su pompa pública y expresiva. Chavez también describe su arte como una especie de confesión, una que revela su ambivalencia religiosa sin resolver.

Lisette Chavez, The Transient [La transeúnte], 2003, técnica mixta sobre papel. Colección privada. Fotografía cortesía de la artista.

A Chavez siempre le gustó dibujar. Se mudó a San Antonio, donde obtuvo un BA de la University of the Incarnate Word en el 2003. The Transient [La transeúnte] es un autorretrato realizado durante su último año en la universidad cuyo título hace referencia a su entendimiento de la mortalidad. Ella recuerda ese periodo como uno de búsqueda: “verdaderamente trataba de encontrarme a mí misma, me sentía perdida. También estaba pensando mucho en la muerte, siempre estaba pensando en ella”. Se imaginaba el entorno de la muerte como una “especie de lugar estéril” que reflejaba su alienación: “A menudo me sentía muy insensible e incapaz de conectarme con otras personas”.

Miguel Cortinas fue profesor de dibujo de Chavez. Él hacía obras experimentales de técnica mixta como ella nunca había visto. Su ejemplo la inspiró a utilizar diferentes materiales y a abstenerse de tratar la superficie de sus dibujos como sustancias “preciosas” inviolables.

Cortinas también la introdujo a la pintura en aerosol. Ella roció pintura negra a través de esténciles que había hecho para representar huesos estilizados. Las múltiples capas de trabajo con los esténciles nos hacen pensar en las familiares capas semiopacas de los rayos X. Cuando a Chavez no le gustaron los ojos que había dibujado a lápiz, los extrajo con una navaja de precisión.

Un psicoanalista habría sacado mucho provecho con este autorretrato ya que Chavez literalmente se deja ciega. Después hizo el dibujo de unas vendas como las que se usan para vendar los ojos en una segunda hoja de papel, que pegó en la parte posterior del autorretrato. Esto creó efectos espaciales inquietantes porque la venda, que debería estar sobre su rostro, está en realidad debajo de él. Al mismo tiempo, parece estar por encima del fleco que se extiende hasta sus ojos, pero debajo del cabello a los costados de su rostro. El contorno negro que hizo Chavez alrededor de la venda aporta indicios de ruptura e inestabilidad. Los toques de pintura roja implican sufrimiento y vulnerabilidad.

Chavez se ha sacado los ojos, ha puesto al descubierto sus huesos y se ha descentrado espacialmente en la hoja de papel. Si no es capaz de “ver”, ¿cómo podrá navegar el mundo esta transeúnte? O, por el contrario, podría estar emprendiendo un viaje interno o espiritual.

La obra es inquietante, sugerente e inquietante. Al hablar de este dibujo dentro del contexto de toda su obra, Chavez explica: “En cierto modo, sí me siento como si todavía estuviera haciendo autorretratos; todo lo que hago es tan autobiográfico”.

Como curador, incluí The Transient en la exposición Arte Contemporáneo en el Centro Cultural Aztlán en el 2004. En ella mezclé muchos artistas latinxs muy conocidos con artistas emergentes. Chavez es una de los y las artistas mencionadas en un breve aviso en el San Antonio Express-News sobre la muestra, que pudo haber sido su primera aparición en prensa. Desde entonces ha expuesto a nivel nacional e internacional y su obra se encuentra en las colecciones de muchos museos.

Chavez regresó al Valle en el 2004, donde no encontró ningún trabajo adecuado. En parte debido a su memorable encuentro con el cadáver de su abuela y a la obsesión de su madre con la muerte, exploró la posibilidad de dedicarse a la ciencia mortuoria. Cuando vio la sala de ataúdes, se emocionó. Ella lo comparó con ver “una exposición de autos”. Observó un embalsamiento como una experiencia de prueba. Pensó que era hermoso, pero lloró después de que el hombre que lo realizó lo comparó con “sacar la basura”. Su comentario la horrorizó. De hecho, considera el comentario del trabajador de la funeraria como una obra del “destino” que sirvió para dirigir su camino profesional de vuelta a la vocación artística. Chavez habla de esa experiencia (y de muchas otras cosas, entre ellas cómo se ha enfrentado a la muerte reciente de su esposo) en el episodio 73 de diciembre del 2020 de Hello, Print Friend. En este podcast, Chavez también habla de un viaje a Oaxaca durante el Día de Muertos en el 2009. Fue una experiencia positiva que ayudó a brindar un marco de trabajo para su instalación Early Mourning [El alba del duelo].

Lisette Chavez, vista del interior de Early Mourning [El alba del duelo], 2011, instalación en la Texas A&M University, campus Corpus Christi. Fotografía cortesía de la artista.

Chavez se inscribió en la Texas A&M University-Corpus Christi, donde descubrió la litografía y recibió un MA en arte de estudio en el 2011. Tuvo su primera experiencia con el arte de instalación en esa universidad. Early Mourning, su tesis de último año incluía arte dentro y fuera de una minicapilla que conmemoraba a su abuela. Chavez compara el exterior con una casa de muñecas o un mausoleo con “ventanas” sugeridas por litografías enmarcadas. En la fachada se encontraban doscientas cigarras de arcilla, que simbolizaban el renacimiento o la resurrección. La colección personal de objetos relacionados con la muerte de la artista decoraba el interior.

Después de A&M, Chavez asistió a la University of Arizona en Tucson, donde obtuvo un MFA en el 2014 con especialización en grabado. En Tucson, una visita de estudio en el 2011 con la profesora de pintura Barbara Penn tuvo un efecto transformacional en su trabajo.

Penn pidió a sus estudiantes presentar sus obras más recientes y llevar libros e ilustraciones de artistas que admiraran. En una mesa, Chavez colocó las litografías, dibujos y fotografías de su instalación Early Mourning. Otra mesa mostraba imágenes de artistas que le gustaban: eran artistas audaces, que hacían arte oscuro y macabro como Laurie Lipton, Joe Coleman y Aurel Schmidt. Después de inspeccionar las dos mesas, Penn le preguntó por qué su obra era tan “dulce e inocente” mientras que las obras que admiraba eran tan “salvajes”. Chavez contestó: “Probablemente es porque me criaron católica”. Penn le dijo que “había dado en el clavo” y que siguiera “pensando en eso”.

Le tomó mucho tiempo a la artista comprender la importancia de esta experiencia: “Esa visita de estudio cambió mi vida, pero en ese entonces no lo sabía”. Gradualmente llegó a entender que siempre había visto el mundo a través del lente maniqueo del catolicismo (y el cristianismo en general) en el que todo es completamente bueno o completamente malo: “Me di cuenta de que veía el mundo en blanco y negro y la manera en que veía mi propia personalidad y mis acciones”. Chavez también llegó a entender los efectos negativos de tal visión del mundo: “No había un punto medio y eso es sofocante y crea mucha presión en un niño a lo largo de su educación”. Las consecuencias de esta educación todavía la acompañan: “Aún como una mujer adulta luchaba con la culpa de hacer algo que consideraba ‘malo’ ”.

Chavez todavía no había encontrado un proyecto final cuando se preparaba para partir a una residencia de un mes en el Vermont Studio Center el verano previo a su año de tesis. Una profesora de pintura le aconsejó: “Diviértete, nadie sabe quién eres ni el tipo de trabajo que haces, sé alguien más”. Así que “intentó soltarse” dibujando nuevos temas, entre ellos unos gatitos que nacieron unidos y que había encontrado en internet. Una cosa llevó a la otra:

“Me pregunté qué otro tipo de cosa sería divertido dibujar, así que empecé a dibujar penes. Y mientras dibujaba penes soltaba risitas y de repente alguien tocó la puerta de mi estudio y a toda prisa quité todos los dibujos de la mesa. En ese momento me di cuenta de que me había estado censurando y escondiendo la mayor parte de mi vida. Y todo esto debido a la presión de crecer en una familia católica conservadora. Mis padres dejaron muy claro que necesitaba ser una ‘niña buena’ y mostrarme de una manera conservadora”.

Lisette Chavez, detalle de penes de Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, Provenance Gallery. Fotografía cortesía de la artista.

Antes, dado que Chavez no quería que su familia viera el tipo de cosas que en realidad quería hacer, sencillamente no las había hecho.

Después de regresar a Tucson, Chavez comenzó a confesar: “Le conté al comité la historia de cómo mentí en mi primera confesión y se murieron de la risa”. Después narró sus experiencias en Vermont.

De niña, a Chavez le “encantaban los colores neón y la ropa con brillos”, pero su padre no la dejaba usar esas cosas. A manera de compensación tardía, “comenzó a poner pedrería de imitación en estatuas antiguas”. “Ponía elegantes” a las imágenes santas en lugar de a ella misma. Así es como la instalación My First Communion [Mi primera comunión] comenzó, con obras hechas para desafiar a sus padres sin un propósito inmediato ni claro. Chavez dice que una vez que su instalación abrió al público “muchas niñas corrían hacía [su] instalación y las invadía el amor por los colores y los brillos”. Comenta: “Tiene sentido que fuese la voz de esa niña pequeña que existe dentro de mí”.

Chavez recuerda: “Sobre todo me estaba divirtiendo muchísimo haciendo todo. Hubo muchas noches de desvelo llenas de dibujos y risitas. Sentía que estaba haciendo una travesura, pero era tan emocionante… Me sentí libre”.

Semanas antes de su inauguración, el comité le preguntó si invitaría a sus padres. Ella respondió: “¡CLARO QUE NO!” Cuando se rieron y le hicieron más preguntas, ella comenzó “a sentir los síntomas de un ataque de pánico”. Añade:

“En ese tiempo, tan solo pensar en ellos leyendo mis textos y viendo mis dibujos de penes y vaginas [que había puesto dentro de marcos de flores con forma de corazón] era más que aterrador. Sentí que se avergonzarían de mí. Todavía no han visto esas obras y no pienso enseñárselas. En realidad, nunca van a mis muestras de arte; se sienten incómodos y fuera de lugar”.

Lisette Chavez, detalle de dibujos de un ojo y una calavera de Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, Provenance Gallery. Fotografía cortesía de la artista.

Para cuando presentó My First Confession [Mi primera confesión] como su exposición de tesis en el 2014, Chavez había superado muchas inhibiciones. Para exponerla en espacios posteriores, la tituló Three Hail Marys, Two Our Fathers (todas las fotografías en este artículo son de la exposición del 2016). Incluía objetos santos (y no santos) con incrustaciones de pedrería de imitación, dibujos de ojos misteriosos y fascinantes, diminutas calaveras rodeadas de filas de flores, textos enmarcados (algunos de los cuáles eran inquisitivos o pasivo-agresivos) e incluso algunos diminutos detalles de genitales elaboradamente enmarcados. Todos estos objetos fueron tratados como si fueran objetos sagrados del catolicismo popular, encerrados en marcos baratos a menudo llamativos y a veces rodeados de guirnaldas de flores artificiales.

Lisette Chavez, detalle de un texto enmarcado de Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, Provenance Gallery. Fotografía cortesía de Alma Hernández. El texto “Dije que rezaría por ti, pero no lo hice” tocó un punto sensible de muchos visitantes, algunos de los cuáles confesaron que habían hecho lo mismo.

Le pregunté a Chavez qué pensaron sus profesores de la instalación, y ella dio esta respuesta:

“Pensaron que era graciosísima, pero uno de ellos me dijo que todavía me estaba reprimiendo y que un día me iba a sentir cómoda conmigo misma y me soltaría el pelo. Creo que este comentario me dio mucha esperanza. Soltar la culpa católica es un proceso que toma toda la vida”.

Chavez añadió una coda a este comentario: “Algunas personas se refieren a sí mismas como ‘católicos en recuperación’. ¡Ja ja!”

La artista había transmutado sus incertidumbres religiosas en una variedad dispar de objetos individuales cuyas formas concretas variaban tanto como los temas que trataban. Casi todos los objetos incluidos en la instalación, cada uno a su propia y particular manera, rompieron los tabúes que Chavez había observado con anterioridad. Todos estos objetos contradictorios estaban unidos, atrapados como una multitud de moscas en una inmensa telaraña de rosarios. Todavía no quería que su familia viera las cosas que quería hacer en realidad, pero, en lugar de autocensurarse, “censuró” a su familia: no los invitó a la exposición.

Lisette Chavez, Three Hail Marys, Two Our Fathers, 2016

Lisette Chavez, Three Hail Marys, Two Our Fathers [Tres avemarías, dos padrenuestros], 2016, vista de la instalación completa, Provenance Gallery, San Antonio. Fotografía cortesía de la artista.

Cuando se expuso en la ahora desaparecida Provenance Gallery, en aquel entonces ubicada en el complejo de arte de Andy Benavides en el número 1906 de la South Flores Street, Three Hail Marys, Two Our Fathers tenía la ventaja de estar compactada en un pequeño espacio similar a una sala que engendraba una claustrofobia alucinatoria, ¿o quizás una fobia al claustro?

Solo unos cuantos visitantes podían verla a la vez y tenían que verla de cerca porque no podían tomar mucha distancia, aunque lo intentaran. Las paredes de color rosa caramelo invocaban deliberadamente (o incluso gritaban) una feminidad juvenil ingenua, una alteridad que contrastaba con la sustancia temática, en ocasiones morbosa, que Chavez colocó dentro de ellas.

En su reseña de la exposición, Jack Arthur Wood, quien conocía a Chavez gracias a una red de estudiantes de la A&M, dijo encontrarse con un “frenesí de hacinamiento” meticuloso y lleno de pedrería, un “orgasmo de brillo en papel kraft y tecnicolor” que se “lee como la confesión brutalmente honesta de una adolescente que quemaría los oídos de cualquier sacerdote que importe”. (“Lisette Chavez’s ‘Three Hail Marys, Two Our Fathers,’ ” AEQAI, verano del 2016).

En su opinión, los objetos religiosos “intercalados con tiernos sacrilegios” crearon un efecto de honestidad vulnerable que también era “intensamente sexual”. Como muchas personas que han visto esta instalación, Wood se sorprende de saber que Chavez no ha abandonado la fe. Dice:

“Chavez va a la iglesia porque le encanta la intensidad, la catarsis y el aspecto ritual. Le encanta el sonido de la gente rezando. Es algo así como una voyerista católica… le parece increíblemente difícil creer en Dios cuando hay tanta tragedia en el mundo. No puede creer que se suponga que tanto dolor nos enseñe algo”.

En la declaración de artista que acompañó Three Hail Marys, Two Our Fathers, Chavez escribió que en la iglesia y viajes a santuarios religiosos se sentía atraída por la ornamentación recargada y las imágenes violentas que vio, a las que ella llama “divinas e inquietantes”. Sus dibujos hechos a manos y sus textos impresos están destinados a comunicar “el desasosiego entre la pureza, la seducción y la maldad”.

Chavez intercala textos enmarcados entre las imágenes (en su mayoría) sagradas. Son confesiones personales que implican vergüenza y señalan hipocresía. Ya hemos visto “Dije que rezaría por ti, pero no lo hice”. “Más cruces y más Jesús no nos ayudarán ni a ti ni a mí” es su declaración más explícitamente escéptica. “Cree en Dios, cree en el Diablo” puede que parezca ambivalente, pero la iglesia enseña a no tomarse al Diablo a la ligera. “He leído la biblia satánica pero no la santa” no tiene la intención de condonar la adoración al Diablo. Chavez brinda esta aclaración:

“Creo que, para conocer a Dios, también debes conocer al Diablo. La mayoría de las personas religiosas no cuestionan la fe y eso es un problema. Supongo que es un tabú, pero quería saber a qué le tenían tanto miedo todos. Prefiero no quedarme sin saber, prefiero conocerlo por mí misma. En realidad, algunas partes de la biblia satánica son estúpidas y divertidas”.

“Sólo salimos porque te parecías a Satán” refleja la inclinación de la madre de Chavez por detectar demonios. “¿Cuándo vamos a tener la plática del sexo?” aborda el fracaso de sus padres al no darle información sexual.

Algunos textos son más agresivos, como estos: “Me chifló y dijo ‘hola, nena’, tenía seis años, pero recé para que muriera”; “Mientras rezabas el rosario, pensé en todas las veces que has lastimado a mi familia”; “Se coge a desconocidos los sábados por la noche y el domingo va a misa”.

Si bien Chavez no quiere que su familia vea esta instalación, no la considera blasfema ni irreligiosa. De hecho, le dijo a Wood que este conjunto de obras es “su línea directa de comunicación con Dios, si es que está escuchando”.

Chaves señala que la cita anterior estaba en el contexto de su confesión. Habla más de esta perspectiva: “No tienes que ir a la iglesia para hablar con Dios. Puedo tener fe incluso si no voy a misa. Y puedo confesar mis pecados a Dios sin acudir a un sacerdote. Si Él ve todo, ¿entonces por qué tengo que confesarme con un sacerdote? No necesito pertenecer a un grupo o congregación para saber que tengo fe en Dios”.

Tales opiniones se oponen a las posturas ortodoxas de la Iglesia católica y culminaron en la acusación de que Chavez era una “católica de cafetería”.

Lisette Chavez, Cafeteria Catholic, 2017

Lisette Chavez, vista de la instalación Cafeteria Catholic [Católica de cafetería], 2017, Guadalupe Cultural Arts Center, San Antonio. Fotografía cortesía de Luis M. Garza.

Para su proyecto final como residente en el Artist Lab del Guadalupe Cultural Arts Center, Chavez creó su instalación Cafeteria Catholic [Católica de cafetería]. El título estuvo inspirado en su profesora en Tucson Angie Zielinski, quien le dijo: “Eres lo que mi abuela llamaría ‘católica de cafetería’. Alguien que selecciona y escoge lo que quiere”. En una cafetería, claro, puedes escoger sólo lo que quieres: “Quiero la pizza, las papas, el pastel y el pay; no quiero chícharos, zanahorias, espinacas y betabel”. En el texto impreso en la pared del centro Guadalupe, Chavez describió a una persona católica de cafetería como alguien que “selecciona cuál enseñanza moral o de fe va mejor con su forma de vida en un momento dado”.

En lugar de abandonar por completo la iglesia, Chavez selecciona y elige los artículos de fe específicos que le gustan más. También dice que “[le enseñaron] a reprimir [sus] ideas”, a mantener un perfil bajo y a abstenerse de tener citas románticas. Sus padres nunca le explicaron de dónde vienen los bebés. Añade que, debido a su educación, “aceptar [sus] pensamientos y ser [ella] misma es una batalla constante”.

Lisette Chavez, detalle de dos velos y un crucifijo de Cafeteria Catholic [Católica de cafetería], 2017, Guadalupe Cultural Arts Center, San Antonio. Fotografía cortesía de la artista.

Como lo indica un pie de foto anterior, las imágenes de Chavez asustaron a su madre quien cubrió sus grabados con toallas de baño. Cafeteria Catholic replica esta experiencia, pero con tela de encaje que sirve “como un velo para esconder los pensamientos vergonzosos del juicio de los demás”. Los dibujos debajo de los velos tratan de la eterna batalla entre el Bien y el Mal, pero en los términos específicos de la ambivalencia moral de la artista. La transparencia de los velos también sirve como una invitación para que el espectador se acerque a mirar qué hay debajo de ellos y, al levantarlos, finalmente deje al descubierto los pensamientos impuros de la artista que toman la forma de dibujos, como la figura cornuda con el rostro lleno de cicatrices de la primera ilustración. Otro dibujo memorable muestra a un hombre con una máscara de cuero con cierre al estilo sadomasoquista sobre su cara. También representó a Cristo cubierto de granos. Chavez brinda este comentario sobre los dibujos:

“Creo que muchas veces la gente no comprende realmente la cantidad de sufrimiento que Jesús padeció por nuestros pecados. A veces me gusta cubrirlo de pústulas (también hice esto con la pedrería de imitación en las estatuas viejas), no sé, creo que las personas jóvenes serán capaces de entender eso un poco mejor porque todas somos muy vanidosas. Una también era un diablo bebé para el cual pensé en alguien que estaba condenado desde su nacimiento. Alguien malvado desde la concepción”.

Lisette Chavez y Audrya Flores, Angel Baby, 2017

Paola Cortinas con la instalación Angel Baby [Nena angelical], 2017, cama con dosel, ropa de cama, tela, luces, focos de LED, velas de LED, hardware y un video monocanal (color, sonido, 2:50 min.), AP Art Lab, Lady Base Gallery, San Antonio. Fotografía cortesía de Ruben C. Cordova. El video se proyecta encima de la cabecera de la cama. En esta toma, la mujer diablo acaba de limpiarse de los dientes la sangre de su víctima.

Audrya Flores y Lisette Chavez se conocieron en la Provenance Gallery. Las dos eran del Valle del Río Grande y en algún momento su conversación se volvió sobre las experiencias que han tenido con el sexismo y el machismo. También tocaron el tema del folklore, recordando el cuento de “El diablo en la discoteca” (la gente más grande le llaman “El diablo en el baile”), una admonición regañona en contra de la “indecencia” femenina. Aunque habían escuchado versiones del relato levemente diferentes, los elementos básicos eran iguales en todas partes. Una hija desobedece a su madre, sale a un baile, se viste o baila de una manera insinuante y se tarda en darse cuenta que su guapo y bien vestido compañero de baile es nada más que el mismísimo diablo, delatado por su pezuña hendida o su pie de gallo (o los dos). Horrorizada, la chica se desmaya, o hasta se muere, y el diablo desaparece en una nube de humo dejando un olorcillo de azufre en el aire.

Las dos artistas se conocieron poco después de que Trump fuera elegido presidente, cuyas campaña y elección precedentes las hicieron tomar aún más conciencia del sexismo y el acoso sexual. “Empezamos a quejarnos de la manera injusta en que se trataban a las mujeres, incluso en los cuentos populares”, dice Chavez. Además, como recuerda la artista, se habían preguntado “¿Por qué esa chica no podía simplemente salir a bailar?, ¿por qué su madre se le prohibía? Luego nada más se sale a escondidas para divertirse y acaba conociendo al diablo. ¡Qué conveniente!”

En una entrevista con Elda Silva del San Antonio Express-News, Chavez explicó que “Cuando una mujer sale, todo se analiza (lo que lleva puesto, con quién anda, si baila o si no baila, todas estas cosas…) y queríamos examinar cómo eso en verdad nos lastima”. Así que las dos artistas pensaron críticamente sobre la moraleja del cuento y “cómo muchos de los cuentos populares que se escuchaban en el Valle siempre acababan siendo advertencias para aquellas personas salvajes que no seguían órdenes”. En esta reflexión de cómo los cuentos populares sirven para transmitir y recalcar los valores tradicionales, Chavez recuerda las advertencias de su madre cuando desaprobaba el comportamiento o actitud de su hija: ¡Te va [a] salir el diablo!

Conscientes de que la leyenda desempeñaba un papel conservador que buscaba controlar a las mujeres, las artistas querían darle la vuelta al cuento y al mismo tiempo preservar sus aspectos sobrenaturales. Audrya Flores, en una entrevista con Laura August, dijo que “Nos gustaba la extrañeza del cuento, pero también nos inquietaba” (“Texas Studio: Audrya Flores and Lisette Chavez,” Arts and Culture Texas Magazine, enero 2019).

Como parte de su proceso, las dos artistas se preguntaron, “¿Qué pensaría la gente si el diablo fuese una mujer y no un hombre?” Estaban buscando una inversión total de los roles de género y, en su conversación con Silva, Chavez elucidó los términos de ese cambio: “Estamos tomando la mirada que se suele poner sobre las mujeres y le estamos dando la vuelta al ponerla sobre el hombre”.

Empezaron a hacer una lluvia de ideas. Flores preguntó quién podría ser “nuestra dama infernal”. Chavez recordó a una mujer que había visto recientemente en la inauguración de una exposición de arte en Austin y que había modelado para un mural. Recordó su “hermosa piel morena” y sus rasgos inolvidables. “No podía dejar de mirarla durante la inauguración”, Chavez quería acercarse y halagar su estilo.

Así fue que Paola Cortinas se convirtió en la posible candidata para la mujer diablo. Para Chavez, Cortinas era “elegante, intimidante y extremadamente bella. En realidad no puedo explicar exactamente lo que pensé en ese momento, simplemente nunca había visto a una mujer como ella. Destacaba entre la multitud.” Además, Chavez dice que Cortinas le dio la impresión de que “había salido directamente de una película de Russ Meyer”, pensando específicamente en Haji.

Nacida como Barbarella Catton, Haji era una actriz de aspecto exótico de ascendencia filipina que participó en varias películas de Meyer, entre las que están Faster, Pussycat! Kill! Kill! [¡Más rápido, gatita! ¡Mata! ¡Mata!] de 1965, en la que interpretó a una de las tres bailarinas a gogó con una belleza que mata (literalmente). Apropiadamente, la artista de culto introdujo la magia y la psicodelia a los papeles que interpretaba en la obra de Meyer. Entonces, como Flores explica en su entrevista, “Una vez que decidimos que el diablo sería una mujer, sabíamos que sería muy fuerte, con una vibra tipo “chica sexy retro”, pero… totalmente intimidante también”.

Lisette Chavez y Audrya Flores, instantánea del cortometraje Angel Baby [Nena angelical], en el que Paola Cortinas interpreta a la mujer diablo, 2017. Fotografía cortesía de las artistas. El cortometraje funciona a través de la implicación. Los cuernos de la diabla, por ejemplo, son sombras

Durante su lluvia de ideas, Chavez le mostró la cuenta de Instagram de Cortinas a Flores, quien aprobó con entusiasmo la valoración de su amiga. Supusieron que Cortinas probablemente recibía “montones de mensajes de admiradores chiflados”, así que reunieron sus referencias y muestras de obra en un correo muy profesional que enviaron con los dedos cruzados. Cortinas respondió que nunca había actuado antes y que no quería arruinar su proyecto. A lo que las artistas respondieron, “nunca hemos hecho una película antes, entonces vamos a aprender como hacerlo juntas.” Chavez cierra su comentario sobre los inicios del proyecto diciendo “¡Y sí lo logramos!”

El proyecto se realizó gracias a la invitación de Sarah Castillo de Lady Base Gallery, una galería itinerante sin paredes que expone la obra de mujeres artistas. El sitio físico de la instalación era el AP Art Lab (en el mismo complejo de arte de South Flores donde antes estaba la Provenance Gallery). El cortometraje se proyectó a través del marco de la cama con dosel blanco de Flores, una reliquia familiar, en un pequeño cuarto alumbrado con luz roja. El azucarado clásico Angel Baby [Eres como un ángel] (1961), escrito por Rosalie Hamlin e interpretado por su grupo Rosie & the Originals, sirve como la banda sonora del video.

Vemos a la mujer diablo en un club, donde ejerce su habilidad para detener el tiempo. Chavez describe la manera en que la mujer examina a los hombres que ha paralizado en su lugar: “Mientras los hombres en el club están congelados en el tiempo, ella camina entre ellos, empezando su caza. Los olfatea y los acaricia, tratando de elegir cuál de ellos será su víctima”. La mujer diablo vuelve a iniciar el tiempo y se acerca al hombre designado. Lo toma de la mano y comienzan a bailar. Inconsciente de que está jugando con fuego, el hombre roza el trasero de su compañera de baile, lo cual, como explica Chavez, ella permite “sólo para echar leña a su ira”.

La mujer diablo abraza al hombre con gran fuerza. La cámara voltea al rostro del hombre; claramente ya siente el poder de la mujer. Está aterrorizado. Ruega por su vida, pero ella lo mata de un golpe. Esta acción fílmica es un contraste irónico con la letra de la canción de fondo:

“Cuando estás cerca de mí, mi corazón da un vuelco.

Apenas puedo sostenerme de pie”.

Ella mira con desprecio a su víctima en el suelo—como dice Chavez—“como si fuera basura”. Todos los demás huyen de la escena.

La cámara regresa al rostro despampanante de la mujer, que se ve tranquila y quizás satisfecha por un trabajo bien hecho. Su aspecto se convierte en una imagen más cercana a la inocencia angelical descrita en la banda sonora:

“Estar contigo es como estar en el paraíso.

Eres como un ángel, es demasiado bueno para ser verdad”.

Lisette Chavez, Paola Cortinas y Audrya Flores con la instalación Angel Baby [Nena angelical] (2017) en el AP Art Lab, Lady Base Gallery, San Antonio. Fotografía cortesía de Ruben C. Cordova. En la proyección al fondo, la mujer diablo está olfateando a uno de los hombres

Chavez le explica a August la razón por la que la película es importante, para las cineastas mismas y para las mujeres en general: “Se trata de olvidarte de todo lo aprendido sobre ser una niña buena y crecer para ser tú misma. Lo necesitábamos. Y a partir de las conversaciones que hemos tenido, nos dimos cuenta de que otras mujeres también lo necesitaban”.

Chavez dice que a su mamá también le gustó el video y lo aprobó: “Ella entendió nuestro concepto y estaba un poco emocionada de que la mujer fuera la poderosa y no la débil. Dijo que nunca había visto algo así en su vida”.

Lisette Chavez, From the Horse’s Mouth, 2021

Lisette Chavez con la instalación From the Horse’s Mouth [De primera mano] (2021) en el Palo Alto College, San Antonio. Fotografía cortesía de Ruben C. Cordova. Chavez está girando la manivela del ataúd-asador.

Este cuerpo de trabajo tuvo su origen cuando Chavez estaba en un restaurante abarrotado, acompañada de su difunto esposo Craig. En algún momento se dio cuenta de que nadie más estaba platicando, pues todos los demás comensales estaban absortos en sus teléfonos inteligentes. De camino a casa Chavez pensó en las comidas de su infancia, que siempre iban acompañadas de las “historias de miedo” de su madre. Chavez se deleitaba con esos cuentos, aunque eran una fuente continúa de privación del sueño. Le preocupaba que la interacción humana, las leyendas y las historias familiares orales se estuvieran perdiendo por la tecnología. From the Horse’s Mouth [De primera mano] es una exposición creada para presentar y preservar esas historias.

En la imagen de la instalación que aparece arriba, Chavez está girando la manivela de una pieza titulada Heaven or Hell [El cielo o el infierno] (2020), que en esencia es un ataúd en un espetón grande. Al darle vuelta al ataúd, se pueden escuchar los gratificantes golpes secos del cadáver artificial que se ha colocado dentro de él. Esta escultura se inspiró en una historia que le contó su madre. Dijo que una vez que se entierra una persona difunta, si su alma está destinada al infierno el ataúd se volteará boca abajo, de modo que el cuerpo le daría la cara al infierno en vez del cielo. Aquí se puede ver el ataúd en rotación.

Lisette Chavez, dibujos para Heaven or Hell [El cielo o el infierno], 2020, lápiz sobre papel. Fotografía cortesía de Beth Devillier.

Como se puede apreciar en esta imagen, Chavez traza cada detalle en sus dibujos.

From the Horse’s Mouth es la primera exposición desde Early Mourning que Chavez le ha mostrado a su madre. El trabajo para Horse’s Mouth estaba instalado en la sala de la casa de Chavez en preparación para una visita de estudio cuando su mamá llegó a la ciudad a verla. Ese día Chavez obtuvo la revancha, una experiencia que cuenta con regocijo: “Hubieras visto a mi madre cuando hizo girar el ataúd, ¡fue muy gracioso! Estaba aterrorizada y saltó cuando escuchó al ‘cuerpo’ revolcándose dentro de la caja”. Chavez observa las ironías de esta dinámica de miedo intergeneracional: “Es chistoso porque mi mamá piensa que mucho de mi trabajo es aterrador, pero me ha estado asustando durante toda mi vida. No estoy segura de cómo no se ha dado cuenta de eso”.

La madre de Chavez estaba emocionada de ver las ilustraciones para Horse’s Mouth, que estimó el mejor trabajo de su hija. “Siento que, por primera vez, entendió por qué desarrollo estos cuerpos de obras y cómo puedo conectarme con los espectadores”, explica Chavez. Es un cuerpo de trabajo con el que la familia de la artista puede identificarse, lo cual no es sorprendente, ya que las historias familiares proveyeron las bases para cada pieza de la exposición.

Le pregunté a Chavez cómo se sentía con estas historias ahora y en respuesta dijo: “creo que las historias que mi madre y mi padre me han contado son reales. Una parte de mí intenta razonar lo que mis padres me están contando, pero mi cuerpo tiene una reacción muy intensa y física a esas historias. Muchas veces siento que el terror se apodera de mí o me pone la piel de gallina”. Agrega que las historias “definitivamente han contribuido a mi amor por el terror”. De hecho, Chavez piensa que el género de terror y el catolicismo tienen mucho en común.

“Me encanta ver películas de terror. Una vez leí que a las personas con mucha ansiedad les gusta ver películas de terror porque, finalmente, se pueden relajar y ver a alguien más retorcerse con dolor y ansiedad. ¡Ja ja! ¡Suena muy parecido al catolicismo! Creo que es raro estar adorando, mirar hacia arriba y ver el cuerpo demacrado de un hombre crucificado lleno de sangre. Hay imágenes de él siendo azotado. Ves estatuas como las de Nuestra Señora de los Dolores con espadas en su pecho. Gran parte de las imágenes que ves en la iglesia es a menudo violenta y oscura. Alguien con una creencia diferente entraría a una iglesia y lo encontraría perturbador. Creo que mucho de lo que ves en la iglesia es como si estuvieras viendo una película de terror. Se habla tanto del cuerpo y de la sangre, el dolor, la seducción… podría seguir hablando y hablando. ¡Para el caso la misa podría ser una película de terror!”

Lisette Chavez, Haunting, Offering, Accident [Aparición, Ofrenda, Accidente], 2020, carboncillo sobre papel, 35.6 x 43.2 cm (cada dibujo). Fotografía cortesía de Beth Devillier.

Este tríptico llamado Haunting, Offering, Accident [Aparición, Ofrenda, Accidente] se inspiró en una historia familiar conocida como “The Woman in White” [La mujer de blanco]. Así la cuenta Chavez:

Mi tío abuelo solía emborracharse e ir a una zona boscosa cerca de la casa de mi abuela que se llamaba “El Champion” (por su cercanía al Champion Ranch). Una noche llegó hasta la orilla del bosque y salió de su camioneta, tenía la corazonada de que había un tesoro enterrado en ese lugar. Mientras se alejaba caminando de su camioneta, dijo que un indio (un hombre indígena) apareció frente a él y le dijo que se diera la vuelta y que no debería dar ni un paso más. Pero desobedeció las órdenes del «indio» y siguió caminando hacia un gran árbol. Fue entonces que una mujer vestida de blanco apareció frente a él y él vio que sus pies no tocaban el suelo.

La mujer tenía puesto un mandil largo, que levantó para revelar una cantidad considerable de monedas brillantes. Mi tío abuelo dijo que relucían con la luz de la luna y que le dijo a la mujer que volvería mañana a recogerlas y regresó a la camioneta. Rápidamente fue a ver a mi abuelo para contarle lo que había pasado en El Champion.

Regresó al día siguiente para reclamar su tesoro pero no encontró nada allí. Al pasar unos meses, la dama de blanco empezó a aparecer en su ventana y lo miraba a través del cristal. Mi tío abuelo le pidió a su esposa que durmiera junto a la ventana porque le aterrorizaba esta aparición. La mujer de blanco persiguió a mi tío abuelo por el resto de su vida.

Una noche él y sus amigos se fueron a México a beber. Cruzaron la frontera en carro y tomaron una larga carretera de regreso a casa en el Valle. Eran alrededor de las 10 p.m. cuando sus amigos dijeron que vieron a una mujer vestida de blanco aparecer frente al parabrisas. Mi tío abuelo gritó y giró el volante bruscamente. Su camioneta se dirigió hacia un desnivel, donde la puerta del conductor se abrió y su cuerpo fue cortado por la mitad entre la puerta de la camioneta y un árbol.

Lisette Chavez, Undying Jack-Rabbit [La liebre inmarchitable], 2020, carboncillo sobre papel, 35.6 x 30.5 cm. Fotografía cortesía de Beth Devillier.

“La liebre inmarchitable” es una historia sobrenatural de caza y apariciones que también tenía lugar en las cercanías del Champion Ranch, donde la familia de Chavez cazaba liebres a altas horas de la noche, cuando salían de las madrigueras a buscar comida. Chavez dice que esta liebre en particular “saltaba de un lado a otro cuando le disparaban, casi como si los estuviera molestando”. Los miembros de la familia estaban seguros de que había recibido varios balazos y aún así se negaba a morir. La madre de Chavez declaró que la liebre hacía que se le erizaran los vellos de la nuca, lo que ella interpretó como una señal de que “la liebre era malvada”. También agregó que a menudo aparecía alrededor de la medianoche, confirmando aún más sus sospechas del origen infernal de la liebre.

Lisette Chavez, detalle de Grandma’s Final Days [Los últimos días de la Abuela], 2020, carboncillo sobre papel, 33 x 50.8 cm. Fotografía cortesía de Beth Devillier.

Chavez narra esta historia:

Mi abuela materna estaba cerca de la muerte cuando mi madre y mi padre se quedaron en su casa una noche. Vivía un poco lejos en el campo. En un momento mi padre tuvo que usar el baño, pero estaba ocupado, así que salió de la casa. Era medianoche y estaba parado junto a un árbol orinando cuando escuchó a un animal grande jadeando detrás de él.

Lisette Chavez, Grandma’s Final Days [Los últimos días de la Abuela], 2020, carboncillo sobre papel, 33 x 50.8 cm. Fotografía cortesía de Beth Devillier.

Chavez continúa su historia:

Entonces mi padre se volteó y vio lo que describió como un toro negro envuelto en cadenas. Estaba totalmente asustado y corrió adentro de la casa; mi madre dijo que sus ojos se abrieron como platos y se veía muy pálido y espantado. Mi padre dijo algo de un toro y mi madre rápidamente salió corriendo a buscarlo. Buscaron por todos lados pero nunca lo vieron. A la mañana siguiente mis padres fueron a visitar a mi abuela en el hospital y mi mamá le preguntó cómo había dormido. Mi abuela respondió, “no pude dormir en toda la noche, apareció un toro negro que no me dejaba en paz”. Mi madre pensó que el toro era malvado, sobre todo porque mi padre lo vio alrededor de la medianoche. Ella todavía no sabe exactamente qué fue.

En el dibujo Grandma’s Final Days [Los últimos días de la Abuela], Chavez retrata a su abuela (quien no estaba en la casa esa noche) en forma de una silueta, sentada en una silla como si estuviera esperando que llegara alguien. En la otra ventana, la silueta de la muerte toma la forma de la Parca. Es de suponer que viene por ella. Si te encuentras por estos lares y tienes que orinar afuera, probablemente sería mejor que lo hicieras antes de la medianoche.

Lisette Chavez, He Always Wins [Él siempre gana], 2020, carboncillo sobre papel, 48.3 x 49.5 cm. Fotografía cortesía de Beth Devillier.

Chavez nos cuenta otra historia:

Mi abuelo paterno solía jugar póker con sus amigos y un hombre en particular siempre parecía ganar. Una noche mi abuelo apartó a este hombre y le preguntó “¿cómo es que siempre parece ganar?” A lo que el hombre se dio la vuelta y, con su espalda hacia mi abuelo, se desabrochó lentamente la camisa y se la bajó. Fue entonces cuando mi abuelo vio sobre su espalda un tatuaje enorme, era un retrato del mismísimo diablo. El hombre volteó hacia mi abuelo y le dijo que había vendido su alma a Satanás.

¡Pareciera que todo son ases (y escaleras reales) cuando el diablo te respalda! Chavez obtuvo la imagen de unas fotografías de tatuajes retro y reprodujo al mismo modelo que aparece en el catálogo. La forma básica de este tatuaje se asemeja mucho a su fuente, aunque Chavez añadió áreas oscuras contrastadas con toques de luz que son casi tan enfáticas como rayas. Los ojos, la frente y el cabello del diablo, y las llamas debajo de él, son mucho más complejos que el tatuaje original, que se parece más a un dibujo de una línea. El cabello del diablo recuerda a las llamas y podría ser una oscura variación de las icónicas llamas debajo de su cabeza. Curiosamente, Chavez le ha dado a su diablo una barbilla partida en vez de una puntiaguda.

Lisette Chavez, Convent of Secrets [El convento de los secretos], 2020, madera, acero, carboncillo sobre tablero, 172.7 x 61 x 86.3 cm. Fotografía cortesía de Beth Devillier. En esta imagen se pueden apreciar dos vistas diferentes de la estructura y el dibujo dentro de ella.

La transmisión de esta última historia es la más enredada y no se sabe mucho, excepto los hechos más básicos. Chavez la cuenta así:

Mi tío abuelo materno trabajaba en la construcción y demolición. Un día en particular lo llamaron para que fuera a un convento en Brownsville, Texas. No sé cómo se llamaba el convento, pero cuando mi tío abuelo y su equipo estaban derribando el edificio, vio lo que parecían ser esqueletos fetales detrás de las tablas. Nadie sabía de dónde venían esos bebés ni a quién pertenecían, pero mi tío abuelo se lo contó a mi abuelo quien se lo contó a mi madre.

Chavez diseñó la pequeña estructura a partir de las lápidas infantiles hechas de madera que se parecen a casas de muñecas. Es su manera de darles a estos pequeños esqueletos un lugar de descanso, que están representados en los dibujos.

Lisette Chavez, Reaper’s Call [La llamada de la Parca], 2020, carboncillo sobre papel, 22.9 x 30.5 cm. Fotografía cortesía de Beth Devillier.

Apropiadamente, cerramos con una advertencia de la madre de Chavez, que dice que cuando los perros aúllan por la noche, la muerte se acerca…

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Todas las citas no acreditadas vienen de las comunicaciones entre el autor y la artista del 23 al 27 de septiembre del 2021.

La exposición From The Horse’s Mouth [De primera mano] se puede ver en el Concho Hall de la Gallery 100 del Palo Alto College hasta el 14 de octubre del 2021. Un catálogo se ha publicado con todas las ilustraciones de From The Horse’s Mouth, que también incluye bocetos y materiales de referencia, un ensayo de Bianca Álvarez y una entrevista con la artista conducida por Liz Paris, la curadora de la exposición.

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Ruben C. Cordova es un historiador de arte que ha curado más de 30 exposiciones. Su última exposición y catálogo fue The Day of the Dead in Art [El Día de Muertos en el arte], Centro de Artes, San Antonio (2019-2020).

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